La conexión mexicana | Sports Illustrated | 24 de abril de 2006

Photo by John Moore/Getty Images

Desde su automóvil estacionado, Jack, agente especial de la DEA, la agencia antinarcóticos estadounidense, tenía una vista despejada de la entrada del hotel Empress en La Jolla, California. Era 14 de diciembre, estaba nublado, y los hombres de Jack estaban todos en sus lugares. Esperaban arrestar a una figura clave en la industria de esteroides de México. Un ejecutivo farmacéutico y veterinario llamado Alberto Saltiel-Cohen, quien según un dato se hospedaba en el Empress.

Jack esperó y observó. Buscaba a un hombre que se ajustara a la descripción de Saltiel-Cohen: 5’8″ de altura, delgado, cincuentón, latino, con barba candado. El propio Jack es esbelto, con cabello negro  salpicado de canas. Es padre de dos niños; el menor, de 11, es fanático del béisbol. Al igual que muchos padres, Jack (que pidió usar solo su nombre de pila para evitar comprometer sus investigaciones en curso) había visto en 2005 las audiencias del Congreso sobre el uso de esteroides en los deportes profesionales y escuchó las historias de jóvenes atletas que se dopaban. Pero a diferencia de otros padres, él no se sintió indefenso ante la aparente epidemia. Durante 21 meses había sido el agente principal de la Operación Gear Grinder, la investigación de tráfico de esteroides más grande de la historia. Ahora estaba listo para atrapar al sujeto cuyas tres compañías habían producido, supuestamente, más del 70% de los US$56 millones en anabólicos ilegales que se incautan cada año en EE.UU.

Cuando un hombre similar a la descripción de Saltiel-Cohen salió del hotel y se detuvo en la vereda, inmóvil, con jeans oscuros y una chaqueta de cuero como cualquier turista que espera un taxi, Jack sintió cómo se aceleraba su corazón. Miró otra vez la foto de Saltiel-Cohen y dio la orden a sus hombres. “Adelante. Arréstenlo”, dijo por radio.

Menos de una hora después, Jack llamó a la persona que más se alegraría con el arresto: Don Hooton. En julio de 2003, Taylor, el hijo de 17 años de Hooton y quien jugaba al béisbol en la secundaria Plano West Senior High en Texas, se suicidó después de consumir durante cuatro meses un esteroide fabricado por una de las empresas de Saltiel-Cohen. La muerte del adolescente fue ampliamente reportada, un símbolo del peligro que representan los anabólicos para los jóvenes atletas.

“¿Puedes venir a San Diego?”, Jack le preguntó a Don. “Algo importante está pasando”.

Agentes de la DEA como Jack suelen decir que detener el tráfico de drogas ilegales es como tratar de atrapar el agua de un grifo. Nadie sabe con certeza qué tan grande es el comercio ilegal de esteroides, pero algunos expertos estiman que las ventas ilícitas a clientes estadounidenses superan los mil millones de dólares al año. Las drogas están en todas partes: una encuesta realizada en 2004 por la Universidad de Michigan descubrió que el 42.6% de los estudiantes de último año de preparatoria dijo que los esteroides eran “bastante fáciles” o “muy fáciles” de conseguir. Esa encuesta y otra realizada en 2003 por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU. cifraron en 3.4% y 4.9%, respectivamente, el porcentaje de estudiantes de último año que consumieron esteroides.

La policía ha hecho muy poco para detenerlo. Otras drogas ilegales tienen más prioridad. Los criterios para decidir las condenas son débiles, por lo que también han socavado los juicios por esteroides. Otros obstáculos –desde la falta de jurisdicción sobre fabricantes extranjeros hasta la imposibilidad de revisar las decenas de millones de paquetes que llegan a EE.UU. cada día– han dificultado la lucha contra este problema. A lo largo de la porosa frontera entre México y EE.UU., donde “mulas” humanas transportan esteroides baratos adquiridos por traficantes estadounidenses, la policía está limitada por la falta de agentes e incluso de perros; los esteroides no emiten olores distintivos como muchas otras drogas y, por lo tanto, no pueden ser detectadas por las patrullas caninas.

Internet ha impulsado el crecimiento del negocio de esteroides al permitir que cualquier persona, incluidos los menores de edad, pueda pedir drogas desde la comodidad de su casa. La web también ofrece a los distribuidores una nueva herramienta para reclutar clientes. Según Doug Coleman, agente supervisor de la DEA con experiencia en casos de esteroides, algunos traficantes “merodean por internet como si fueran pedófilos. Se meten en salas de chat de fisiculturismo y foros utilizados por niños que buscan desarrollar músculos”.

Ante la proliferación de estas drogas ilegales, el gobierno estadounidense finalmente ha comenzado a abordar el problema: no solo a través de anuncios de utilidad pública o de casos como el del laboratorio BALCO, que vendía esteroides a atletas profesionales, sino también con una nueva disposición para luchar contra el tráfico a gran escala. El mes pasado, la Comisión de Sentencias de EE.UU. endureció drásticamente las sanciones por delitos relacionados a esteroides, lo que los pone al mismo nivel de otras drogas de clasificación III como el LSD y el fármaco Vicodin. “Hace unos años, cuando hablabas con agentes de alto rango [sobre la lucha contra el uso de drogas], no mencionaban los esteroides”, dice Scott Burns, subdirector de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas de la Casa Blanca y representante estadounidense ante la Agencia Mundial Antidopaje. “Pero ahora han hecho del tráfico de esteroides una prioridad”.

No obstante, cuando hace dos años se lanzó la Operación Gear Grinder con el objetivo de detener los engranajes de las principales empresas de la industria mexicana de esteroides, esto parecía increíblemente ambicioso. ¿Podría el gobierno de EE.UU. alterar las prácticas comerciales de las compañías farmacéuticas con sede en México, donde la venta de esteroides anabólicos sin receta médica es legal, y así cortar el suministro de esos medicamentos que se dirigen al norte de la frontera? E incluso si se lograra, ¿sería eso suficiente para tener un impacto real en el mercado de esteroides de EE.UU.?

La respuesta resultó ser afirmativa para ambas preguntas.

La ofensiva más exitosa de la historia no comenzó como una búsqueda de esteroides. Empezó con una investigación llamada Operación TKO, cuyo objetivo era frenar el suministro de ketamina, un peligroso alucinógeno popular entre quienes asisten a raves. En 2003, como resultado de TKO, las autoridades estadounidenses y mexicanas clausuraron Laboratorios Ttokkyo, una empresa con sede en Ciudad de México que producía entre 80% y 90% de la ketamina encontrada en EE.UU.

Jack trabajó en la operación y observó que Ttokkyo también fabricaba esteroides veterinarios, que suelen utilizarse para acelerar el crecimiento del ganado vacuno. Lo que llamó su atención fue que muchos de los esteroides se vendían en tiendas de mascotas y farmacias en ciudades fronterizas y balnearios mexicanos como Cancún y Ensenada, comprados casi exclusivamente para consumo humano y, principalmente, por estadounidenses. (La industria veterinaria de esteroides en México aumentó la producción para uso humano para satisfacer el alza en la demanda después de que en 1990 la Ley de Control de Esteroides Anabólicos endureciera las penas a las ventas ilícitas de esteroides en EE.UU.). Consciente del creciente problema, Jack se preguntó qué otras compañías podrían estar fabricando o distribuyendo supuestos esteroides veterinarios, que realmente estaban destinados a fisiculturistas y atletas jóvenes.

Bob, el compañero de Jack y el experto en medicamentos recetados del departamento, envió investigadores a visitar los ocho laboratorios de la DEA, donde los esteroides incautados en EE.UU. son analizados y luego destruidos. Bob y su equipo revisaron minuciosamente cada frasco y archivo para crear una base de datos con el origen de cada anabólico. “Lo que nos sorprendió fue que todos los laboratorios, ya sea de Chicago, Nueva York o Miami, tenían esteroides de México”, dice Jack. Análisis posteriores mostraron que el 82% de los esteroides incautados en EE.UU. se fabricaron al sur de la frontera. “Fue impactante”, dice Jack. “Pensamos que veríamos más de Asia o de Europa”.

El objetivo era demasiado tentador para dejarlo pasar. “En el juego de las drogas, si haces una diferencia de uno por ciento, eso es fenomenal”, dice Laura Duffy, asistente de la fiscal federal, quien asistió en marzo de 2004 a la reunión de agentes, fiscales y otros funcionarios en la que se delineó la Operación Gear Grinder. “Lo que nos motivó es que pensamos que había una posibilidad de hacer una diferencia del 82 por ciento”.

No es que lo necesitara, pero Jack encontró más motivación en el verano de 2005, cuando miraba televisión con sus hijos. Mientras cambiaba canales un domingo por la noche, se detuvo en 60 Minutos, el clásico programa de investigación periodística que casi nunca veía. Don Hooton estaba frente a la cámara contándole al corresponsal Jim Stewart sobre el suicidio de Taylor y que lamentaba que los esteroides fueran tan accesibles para los niños. “No he visto interés en asumir la responsabilidad de este problema y tomar medidas concretas para detenerlo”, dijo Hooton.

“Quería entrar al televisor”, dice Jack, “para agarrarlo y decirle: ‘No te preocupes. Vamos a hacer algo al respecto’ “.

Los cargos presentados por la fiscalía estadounidense contra ocho compañías y propietarios como Saltiel-Cohen, eran lo suficientemente claros: conspiración para importar esteroides anabólicos a EE.UU.; conspiración para distribuir esteroides anabólicos y conspiración para lavar dinero obtenido a través de actos ilícitos. Sin embargo, para probar estos delitos, Jack y su equipo primero tuvieron que establecer que los propietarios, gerentes y distribuidores sabían que los esteroides estaban destinados a EE.UU.

Era obvio para la DEA que los sitios web de las compañías estaban dirigidos a usuarios de EE.UU. Muchos de los sitios estaban disponibles solo en inglés, ilustrados con banderas estadounidenses en sus páginas de inicio. “Con los sitios web ganaron mucho dinero”, dice Jack. “Pero también creíamos que eran su talón de Aquiles”.

La DEA creó un sitio web propio, bio-power-meds.com, supuestamente respaldado por un distribuidor con mucho dinero y que sería el intermediario para vender a clientes en EE.UU. Los informantes también se hicieron pasar por distribuidores que buscaban comprar grandes cantidades de esteroides. Sitios como anabolicsclub.com y mexicansteroidsales.com supuestamente le vendieron esteroides de las tres compañías de Saltiel-Cohen—Animal Power, Denkall y Quality Vet—a agentes federales y los enviaron a casillas de correo establecidas por la DEA. En total, los agentes incautaron o rastrearon unas 360,000 dosis de esteroides anabólicos. Los investigadores del IRS, el servicio de impuestos de EE.UU., rastrearon los pagos.

Los agentes e informantes de la DEA se comunicaban con los vendedores a través de BlackBerrys, y los correos electrónicos fueron redireccionados a un laboratorio informático forense del FBI para ser indexados como evidencia. La DEA también apuntó a cuentas de correo electrónico que sospechaba estaban siendo utilizadas por los distribuidores y estableció escuchas telefónicas. Los transcriptores se maravillaron de lo bien que hablaban los presuntos traficantes. “Están acostumbrados a presuntos narcotraficantes que usan mucha jerga”, dice Jack, “pero estos hombres eran formales, hombres de negocios, muy inteligentes”.

Días después de ver a Don Hooton contar a 60 Minutos la historia de la muerte de su hijo, Jack lo llamó a su casa en Plano. Se presentó y le dijo que había visto el segmento con sus dos hijos. “Fue como si me estuvieras hablando a través de la pantalla del televisor. Y quería que supieras que estoy escuchando “, le dijo. Más tarde, Jack le contó: “La DEA en San Diego está trabajando en un caso. No vas a ver resultados en el corto plazo. Pero créeme, estamos tan comprometidos como tú. Y sólo quiero que sepas que trabajaré como loco por esta causa”.

Jack siguió llamando a Hooton cada dos meses, por un año y medio, y así se hicieron amigos. Jack escuchó mientras Don hablaba de la Fundación Taylor Hooton, que había formado para educar a niños y padres sobre el abuso de esteroides. Escuchó la frustración de Don por la investigación de la muerte de Taylor. La investigación se había estancado, a pesar de que la policía había identificado a un adolescente que, según ellos, había vendido esteroides a Taylor. Don también estaba molesto con las autoridades de Plano West Senior High: sintió que no estaban reconociendo el problema de esteroides que existía en la escuela.

Jack nunca cedió a la tentación de animar a Hooton con detalles sobre Gear Grinder, y Hooton encontró una manera de satisfacer su curiosidad sin presionar. “Jack, sé que es inapropiado preguntarles qué están haciendo o cómo les está yendo, pero dime una cosa: ¿Estás sonriendo?”, le dijo Don durante una llamada.

“Sí, estoy sonriendo”, dijo Jack.

“Bien”, contestó Hooton. “Eso es todo lo que necesito saber”.

Jack pegó una foto en su cubículo del frasco de esteroides encontrado en la habitación de Taylor, envuelto cuidadosamente y escondido detrás de un parlante. Había usado la droga sin el conocimiento de sus padres y, cuando trató de dejarla, se deprimió tanto que se ahorcó en su habitación, dejando una nota que decía: “Los amo. Lamento todo esto”.

A principios de 2005, la DEA recibió el frasco que contenía Deca QV 300, o nandralona, uno de los productos más populares de Quality Vets. Esa droga, según la DEA, fue una de las más rentables de Saltiel-Cohen.

Para demostrar que los fabricantes y distribuidores de esteroides sabían que eran consumidos por personas en EE.UU., la DEA primero recurrió al laboratorio olímpico de UCLA, donde científicos identificaron por primera vez THG, el esteroide de diseño en el centro del escándalo BALCO. Los médicos allí determinaron que las drogas mexicanas eran exactamente lo que los atletas tomarían y en las dosis que esos usuarios querrían.

Otro dato que desacreditó la noción de que estos anabólicos se produjeron como medicamentos veterinarios, fue que la DEA detectó que alrededor del 80% de los esteroides se enviaban a la región de Baja California, que solo tiene el 1 por ciento del ganado mexicano, según descubrió Bob. Con la ayuda del Dr. Scott Stanley, profesor asociado de la Facultad de Medicina Veterinaria de UC Davis (en la que, irónicamente, Saltiel-Cohen había realizado estudios de posgrado), los investigadores reunieron aún más evidencia. Algunos de los productos incautados contenían más de un esteroide, una práctica conocida como “apilamiento”, que es común entre los usuarios humanos, pero no tiene un propósito veterinario. Y a menudo, las instrucciones eran descaradamente incorrectas. “Hubo productos en los que las instrucciones sugerían dos veces y hasta 25 veces las dosis recomendadas para los animales”, dice Stanley.

Stanley también le dijo a la DEA que el volumen y la variedad de productos eran excesivos. “En Estados Unidos, el uso de esteroides en animales ya no es un tratamiento popular”, dice Stanley. Solo cinco tipos de esteroides anabólicos se usan en animales en EE.UU.; las empresas mexicanas fabricaban 17.

El 14 de diciembre, cuando Don Hooton recibió la llamada pidiéndole que viajara a San Diego, solo supo, según el código habitual, que Jack estaba sonriendo. No fue hasta que Jack lo recogió en el aeropuerto al día siguiente que se enteró de los frutos que había dado Gear Grinder.

“Jack me dice: ‘Hooton, los vamos a clausurar’. Luego me cuenta sobre Saltiel-Cohen, y me volví loco por dentro”, dice Hooton. “Jack llevaba un traje celeste, se veía muy bien, y tenía un arma en su cinturón, una gran pistola negra enfundada, y yo digo: ‘Maldita sea, esto es real. Acaban de arrestar al tipo más importante de todos'”.

Jack llevó a Hooton a la conferencia de prensa para anunciar la acusación contra Saltiel-Cohen y otras 22 personas –propietarios, gerentes y distribuidores– por diversos cargos, incluidos conspiración para importar esteroides y lavado de dinero. Después del anuncio, Hooton y Jack estaban sentados en una mesa mientras los periodistas seguían haciendo preguntas, hasta que Jack miró su reloj. Eran las 1:45. “¿Te gustaría ver cómo lo procesan?”, le preguntó a Hooton.

Minutos después, los dos estaban en la sala del tribunal cuando fue ingresado Saltiel-Cohen. Hooton se sorprendió de lo distinguido que parecía Saltiel-Cohen, incluso con el uniforme de prisión. “Parecía un hombre de negocios”, dice Hooton. “Parecía uno de los criminales de Enron”.

Saltiel-Cohen pronto sería apodado Narco Vet por la prensa mexicana. Después de verlo declararse inocente, Hooton y Jack regresaron a la oficina de la DEA, donde un agente tras otro felicitó a Jack por el arresto más importante de su carrera.

En los días posteriores a los arrestos, fisiculturistas y levantadores de pesas publicaron mensajes en sitios web estadounidenses como elitefitness.com, preocupados porque se interrumpiera el suministro de los esteroides producidos por las compañías de Saltiel-Cohen como Quality Vet. “Esta es la peor noticia que he escuchado en mucho tiempo”, escribió ryan04. “QEPD QV… has sido un amigo para todos nosotros”.

Sus preocupaciones resultaron ser justificadas. En los meses siguientes, las ocho compañías suspendieron o redujeron significativamente la producción de esteroides, y las incautaciones de esteroides mexicanos contrabandeados a EE.UU. disminuyeron considerablemente. El gobierno mexicano, que había cooperado con la investigación de la DEA, dice estar investigando el lavado de dinero por parte de las compañías de su lado de la frontera. Mientras tanto, la DEA llamó a la puerta de 500 personas dentro de una lista de más de 2,000 individuos en EE.UU. que hicieron negocios, directa o indirectamente, con las ocho compañías. La agencia realizó un puñado de arrestos y emitió advertencias para que se mantengan alejados del comercio de esteroides.

Mientras que 18 de los acusados en Gear Grinder siguen en libertad (otros cuatro están bajo custodia y se han declarado inocentes), Saltiel-Cohen se encuentra en un centro de detención federal en San Diego, esperando una audiencia a mediados de junio. “Mi cliente ha cooperado con el gobierno y está negociando un acuerdo para que se declare culpable”, dice su abogado, Merle Schneidewind.

En Tijuana, mientras tanto, los negocios van mal para muchas farmacias, especialmente las especializadas en medicamentos veterinarios. En Farmacia Veterinaria Revolución, que se encuentra a pocos metros de El Arco Reloj Monumental de Tijuana, un frasco de Winstrol de 100mg fabricado por Quality Vet cuesta US$185, frente a US$120 que se cobraba antes de las acusaciones. Ralph, un empleado de veintitantos años que trabaja en el mostrador, explica el aumento: “No nos queda mucho y no sabemos si podemos obtener más. Si alguien más comienza a fabricarlo, permaneceremos abiertos. Si no, quién sabe”.

En otra farmacia cercana, Granero El Toro, el propietario Nino Velázquez, dice que el 30% de su negocio proviene de la venta de esteroides anabólicos de las ocho compañías acusadas. “Aquí [en el centro de Tijuana], cuatro farmacias veterinarias ya han cerrado porque el 95 por ciento de su negocio eran las ventas de anabólicos”, dice. “Se han quedado sin cosas para vender. En las que aún están abiertas el inventario se está agotando rápidamente. Conozco ocho farmacias veterinarias que han cerrado en México hasta ahora: cinco en Tijuana, una en Nuevo Laredo y dos en Ciudad Juárez”.

Quién sabe cuánto durará el impacto. Se rumorea que nuevos laboratorios ya están apareciendo en México. Los esteroides anabólicos también están disponibles a través de internet en decenas de otros países, incluidos Australia, India, Rusia, Tailandia y Turquía. Todos los esteroides conocidos están a la venta, al igual que los que aún no se conocen. Una compañía china contactada por un reportero de la revista Sports Illustrated el año pasado ofreció no solo venderle THG, sino también inventar una variación que sería indetectable en las pruebas de doping.

William Llewellyn, crítico de la operación Gear Grinder y autor de la exhaustiva guía de esteroides Anabolics 2006, dice: “Nadie quiere que los niños tomen esteroides, pero todo lo que esto hará es llevar el mercado a un nivel más subterráneo. Se verán más falsificaciones [de esteroides] y más productos contaminados, lo que puede causar infecciones o algo peor”. De hecho, ya se han recibido informes de falsificaciones en México. “Un nuevo producto salió la semana pasada”, dice Velázquez, el dueño de la farmacia, “pero parece una mala imitación. Pareciera como que fue preparado en la casa de alguien”.

El extremo estadounidense de la cadena de suministro de esteroides también es difícil de controlar. Los entrenadores personales y los adictos al gimnasio continúan impulsando las drogas en los gimnasios. Algunos de ellos expanden su territorio y se convierten en “carteros”, a quienes se les paga para recibir paquetes de sitios web o de contrabandistas extranjeros y redirigirlos a clientes en EE.UU. Esos esfuerzos buscan confundir a las autoridades y proteger a los compradores de ser ligados directamente a la fuente original de los medicamentos.

Los niños a menudo terminan como parte de la cadena de distribución. Una vez que un joven usa esteroides, puede convertirse fácilmente en un soldado de su proveedor. “El chico tiene esteroides que no puede pagar”, dice Doug Coleman, agente de la DEA. “¿Qué pasa cuando no puedes pagar? Ahora eres un distribuidor porque necesitas pagar tu deuda. Y acto seguido, estos chicos están vendiéndole a sus amigos”.

Aunque los desafíos siguen siendo abrumadores, operación Gear Grinder demostró que al menos las victorias son posibles en la lucha contra los esteroides. Para celebrar después de que se anunciaran las acusaciones, Jack y Hooton se sentaron en un restaurante mexicano cerca de San Diego a beber una jarra de margaritas.

“Don, no sé por qué vi 60 Minutos esa noche”, dijo Jack, sugiriendo que fue el destino. Los dos hombres hablaron durante horas sobre Gear Grinder y sus familias. Cuando Hooton intentó agradecerle por su trabajo en la lucha contra los esteroides, Jack lo detuvo. “Yo sólo estaba haciendo mi parte, mientras tú haces la tuya”, dijo. ♦