Pecados de un padre | Sports Illustrated | Enero de 2008

Retratos de Corey Gahan en casa en Grandville
Retratos de Corey Gahan en casa en Grandville , MI. 07-NOV-2007 X79071 TK1 CREDIT: Andrew Hancock

El niño odiaba las agujas. Pero eso poco importaba. Aproximadamente una vez a la semana se subía la manga, ponía el hombro y sentía el frío metal hundirse en el escaso músculo que tenía allí. Arrugaba la cara como si hubiera olido algo asqueroso y, a menudo, cerraba los ojos hasta que el contenido de la jeringa se vaciaba en su torrente sanguíneo. Luego podía volver a su PlayStation 2.

Las inyecciones comenzaron en 2002, cuando Corey Gahan era uno de los mejores patinadores en línea del mundo para su edad. Al principio, las jeringas contenían vitaminas B-12; pero pronto comenzó a recibir también la hormona del crecimiento humano (HgH), y luego dosis constantes de esteroides en forma de testosterona sintética. Corey dice que tanto su padre como su entrenador le aseguraron que las inyecciones lo harían mejorar. Si dolía tanto cuando la aguja perforaba su piel, la recompensa vendría cuando pasara a sus rivales en la pista.

El pinchazo de la aguja venía acompañado de una pizca de culpa; sentía, dice Corey, “como si estuviera haciendo algo malo”. Pero creía en su padre, un carismático y ambicioso exluchador de secundaria. También confiaba en su entrenador, un fisiculturista que actuaba como un hermano mayor. Además, ¿qué sabía Corey sobre las sustancias que le inyectaban en su cuerpo? “Cipionato de testosterona, es solo una palabra”, dice. “No tiene un significado. Al menos no cuando tienes 13 años”.

Cuando George Mitchell, el exlíder de la mayoría en el senado estadounidense, presentó el mes pasado un muy esperado informe sobre el uso generalizado de drogas para mejorar el rendimiento en el béisbol profesional, instó a que el debate se ampliara más allá de los jugadores más valiosos y los ganadores del Premio Cy Young al mejor lanzador de las Grandes Ligas. En particular, advirtió sobre lo que llamó “la parte más inquietante de mi investigación”: la prevalencia de los esteroides en los deportes juveniles. “Varios cientos de miles de jóvenes estadounidenses están usando esteroides; es una cifra alarmante”, dijo Mitchell a Sports Illustrated el día después de que publicara su informe. “A esa edad, están sujetos a cambios hormonales, y los riesgos para ellos, tanto físicos como psicológicos, son significativamente mayores que para los adultos “.

Si Mitchell hubiera querido ponerle un rostro al problema, no necesitaba buscar más allá de Corey Gahan. Su prometedora carrera de patinaje en línea ahora está reducida a videos y un álbum de recuerdos, y se encuentra distanciado de su padre, quien cumple una condena de seis años en prisión federal (probablemente el primer padre condenado a cárcel por proporcionar esteroides a su propio hijo). Corey, ahora de 18 años, representa una historia aleccionadora de lo que puede suceder cuando las drogas para mejorar el rendimiento envenenan los deportes juveniles.

La historia de Corey comienza en Grandville, Michigan, una ciudad de 16,774 habitantes en las afueras de Grand Rapids. Al principio, estaba claro que era un atleta natural, pero mientras sus compañeros jugaban béisbol, fútbol y hockey en ligas infantiles, Corey prefería el patinaje en línea. Con la cara apretada por la intensidad y su pelo rubio apelmazado adentro del casco, volaba por la pista a más de 20 mph; a los 10 años, ganó su categoría en Le Trophée des 3 Pistes, un evento internacional en Francia. Poco después, Jim Gahan, quien se había divorciado cinco años antes de la madre de Corey, Patricia Johnston, decidió mudarse con su único hijo varón a Ocala, Florida, un semillero del patinaje, donde Corey podría practicar durante todo el año con un entrenador destacado. (Su hermana menor, Casey, se quedó con Johnston).

Corey sería educado en casa, primero por un maestro y luego a través de internet, y privado de una infancia tradicional, pero Jim estaba seguro de que los sacrificios valdrían la pena. La creciente comunidad de patinaje en línea creía que este deporte emergente estaría en los Juegos Olímpicos. Pero incluso de no ser así, Corey siempre podría seguir el camino de otros patinadores en línea como los medallistas olímpicos Apolo Ohno y Chad Hedrick, que cambiaron las ruedas de goma por cuchillas de metal para perseguir sus sueños olímpicos en el patinaje sobre hielo. Los Gahan tenían pocos incentivos financieros para mudarse a Florida –no existe un circuito profesional para los patinadores en línea en EE.UU.–, pero eso a Jim no le importaba. Había ganado dinero en una variedad de negocios, incluida la importación de champán. “Todos los padres quieren que sus hijos sean los mejores”, dice Jim, “pero todos los niños quieren ser los mejores”.

En lo que sería un tema recurrente, Jim se peleó con el entrenador de Corey y lo reemplazó por Phillip Pavicic, fisiculturista y gerente de gimnasio. Al principio de la relación, Jim y Pavicic trazaron una estrategia de entrenamiento para Corey, que entonces tenía 12 años. Jim dice que fue en este punto que Pavicic recomendó drogas para mejorar el rendimiento. (Pavicic rechazó repetidas solicitudes de entrevista de Sports Illustrated). “Corey y yo nos sentamos, hablamos un poco y dijo que quería hacerlo”, recuerda Jim, de 41 años. “Yo dije que sí”.

No hay acuerdo sobre quién administró las inyecciones: Corey dice que su padre y Pavicic lo inyectaron; Jim acusa a Pavicic; a través de su abogado, Pavicic señala con el dedo a Jim. De todos modos, los tres coinciden sobre el hecho de que Corey, de 12 años, fue puesto en un intenso régimen de HgH y esteroides.

Casi inmediatamente después de que comenzó el ciclo, el contorno del cuerpo de Corey cambió. Pero los efectos fueron más allá de bíceps y pantorrillas más grandes. Poco después de cumplir 13 años en mayo del 2002, Corey regresó a casa una tarde sintiéndose mareado y paranoico. Vomitó varias veces. “Creo que colapsé durante un ciclo realmente duro”, recuerda. Después de este episodio, Pavicic llevó a Corey a ver a John Todd Miller, un sujeto de Tampa que se presenta a sí mismo como doctor. Según documentos judiciales, Miller le pidió a Corey que se hiciera un análisis de sangre y descubrió que el niño tenía más de 20 veces el nivel normal de testosterona para un hombre adulto. No obstante, según los documentos, Miller luego comenzaría a administrarle testosterona a Corey. (Miller no respondió las llamadas para comentar sobre el tema).

Cualquier ambivalencia que Corey tenía sobre las inyecciones de esteroides se disipó cuando visitó a Miller por primera vez. Junto a varios diplomas que sugerían que Miller era médico –en realidad no lo es– estaban enmarcadas fotos de conocidos deportistas que, supuso Corey, se atendían con Miller. Corey se sorprendió un día al ver a Paul Wight, más conocido por su apodo Big Show en la lucha libre profesional (WWE) dado su peso de 420 libras. (En octubre de 2003, Wight informó a los investigadores del condado de Hillsborough que recibió esteroides y el analgésico Nubain de Miller.) “Guau, ¿qué está pasando?”, recuerda Corey haberse preguntado. “¿Es [así] como realmente lo hacen todos?”.

Big Show no era el único. En una hoja de registro del 27 de agosto de 2002 obtenida por Sports Illustrated, el nombre de Corey aparece entre el de Randy Poffo (el luchador profesional conocido como Macho Man Randy Savage que hoy está retirado) y el del fallecido luchador Brian Adams (conocido como Crush). Sports Illustrated también obtuvo facturas y recibos de medicamentos de la clínica de Miller, firmados por Poffo, a quien no se pudo contactar. Los registros indican que entre los clientes de Miller estaban el exlanzador de Grandes Ligas, Anthony Telford, quien admitió ante los investigadores que había comprado testosterona de Miller, y los luchadores de la WWE Chris Benoit y Eddie Guerrero, que le pagaban a Miller entre US$300 y US$400 a la semana por testosterona y HgH. Como dijo un investigador a The Palm Beach Post en octubre, Miller era “el Víctor Conte de la lucha profesional”.

Al ver el nivel elevado de testosterona de Corey, Miller le aconsejó que dejara de usar esteroides por un tiempo y luego lo pondría en un ciclo más controlado. Los resultados fueron incuestionables. Además de un mayor tamaño –en solo un año, Corey, que medía 5’5’’, aumentó de 120 a 160 libras–, completaba fácilmente sus entrenamientos y mejoraba sus tiempos. “Los esteroides cambian completamente tu mentalidad”, dice. “Pasas de ser un atleta a ser un monstruo. Un monstruo en el mundo cotidiano no es algo bueno, pero cuando tratas de ganar una carrera de 1,000 metros contra cinco de los mejores del mundo, conviene tener mentalidad de monstruo “.

La peluquera Patricia Johnston tuvo poco contacto con su hijo después de que él se fuera de Michigan. Por mucho que quisiera que Corey se quedara en casa, sabía lo que significaba el patinaje para él. Ya sea porque los separaban 1,200 millas o, como ella cree ahora, el mal humor producto de las drogas, su relación se enfrió. “Recuerdo que solía llamar de vez en cuando y estaba muy enojado, y no podía entender por qué”, dice ella. Aun así, trataba de verlo patinar en grandes competencias. Cuando vio a su hijo en una en Watertown, Wisconsin en 2002, se quedó sin aliento. “No podía creer lo diferente que estaba”, recuerda. “Le dije: Guau, realmente creciste’. Se veía excesivamente musculoso”.

Corey dice que la relación con su padre se movía a la par de sus resultados. Cuando ganaba, afirma que lo premiaba con televisores, PlayStations e incluso una tarjeta American Express dorada. En las pocas ocasiones en las que perdía, dice, su padre no le hablaba. “Tuvimos nuestras peleas porque quería tener un padre y él quería una relación de negocios”, dice Corey. “A temprana edad es difícil entender por qué ganar siempre es tan importante”. El padre rechaza esta queja: “No soy un animal furioso tirando cosas contra la pared”.

Durante esta época Jim se asoció comercialmente con Miller para ofrecer tratamientos de depilación láser. Sin embargo, los dos discutieron en abril de 2003 y Jim estableció su propio negocio en Orlando vendiendo medicamentos contra el envejecimiento, incluida la testosterona y HgH. Pero primero denunció a Miller, alertando a la oficina del jefe de policía del condado de Hillsborough que la clínica de Miller era una fachada para esconder la distribución ilegal de esteroides y que Miller estaba administrando drogas para mejorar el rendimiento a un menor: Corey. Jim no mencionó su propia complicidad en esto.

Poco después, Corey, que entonces tenía 14 años, dejó Florida para entrenar con un equipo en High Point, Carolina del Norte. Se mudó con Tracy Patterson, que se había involucrado en el patinaje en línea a través de sus dos hijos. El esposo de Patterson y su hijo de 11 años habían muerto recientemente en un accidente automovilístico cuando regresaban de una competencia. “Estaba perdida y tener a Corey en la casa fue un alivio”, dice Patterson. “Es simplemente un chico increíble, un gran tipo”.

Aun así, Corey continuó con su régimen de esteroides y HgH: se encerraba en el baño para inyectarse las drogas que su padre le enviaba por correo. Para ayudarlo con sus entrenamientos, Corey dice que complementaba la drogas con analgésicos, particularmente Nubain, los que conseguía a través de un médico de Florida. “Cuando estás tomando mil miligramos de cipionato de testosterona, tu cuerpo está revolucionado, [y] para dormir por la noche tienes que estar extremadamente cansado o tienes que tomar algo para bajar”, dice. “Es muy fácil desviarse y tomar otras cosas porque si estás tomando una, ¿por qué no tomarlas todas?”.

A pesar de todo el estrés en la vida de Corey, su rendimiento seguía mejorando. A los 15 años fue campeón nacional de 500, 1,000 y 1,500 metros. En julio de 2005, Corey, que entonces tenía 16 años, compitió en el Campeonato de Patinaje Indoor de EE.UU. Su tiempo de 2:26.39 en los 1,500 metros rompió el récord nacional de su categoría por más de dos segundos, algo notable dado que la mayoría de las marcas de patinaje de velocidad se baten por décimas, si no centésimas de segundo.

Para entonces, Corey ya había dado positivo en su primera prueba antidoping. Un mes antes, en el Campeonato Nacional de EE.UU. en Colorado Springs, su muestra de orina indicó niveles elevados de testosterona. Se le permitió seguir patinando, pero una contraprueba el 1 de agosto también indicó la presencia de 19-norandrosterona o nandrolona, otro esteroide prohibido.

Jim Gahan aseguró estar sorprendido. Contrató a un abogado para protestar por la fecha elegida para la apelación, mientras afirmaba que el nivel de testosterona de Corey era alto porque fue evaluado poco después de una carrera de larga distancia. En cuanto al resultado de 19-norandrosterona, dio a entender que fue causado por un suplemento contaminado. En privado, Jim estaba aturdido. Creía que los esteroides que compraba eran indetectables. (Los había adquirido de Signature, la farmacia de Orlando allanada en febrero de 2007). “Corey nunca debería haber dado positivo”, dice.

En abril de 2006, la Agencia Antidopaje estadounidense (USADA) recomendó una suspensión de dos años para Corey y se le ordenó renunciar a sus resultados desde mayo de 2004. La reincorporación de Corey estaba supeditada a que recibiera terapia y una evaluación médica. “Este caso muestra hasta qué punto las drogas se han infiltrado en los deportes juveniles”, dice el director ejecutivo de USADA, Travis Tygart. “Es un grave problema social. En mi opinión, es tan pernicioso como el crack y el abuso de metanfetamina, aunque algunas personas podrían pensar que es más aceptable. Fue difícil castigar a este chico. Sí, hizo trampa y les ganó injustamente a otros competidores, pero estaba bajo la influencia de su padre. El niño fue una víctima”.

Siguiendo el aviso de Jim Gahan, la policía del condado de Hillsborough comenzó a vigilar la oficina de Miller. “Empezamos a ver hombres musculosos que aparecían en autos caros”, dice el detective Mike Gibson. “Se quedaban por poco tiempo y se iban”. En octubre de 2003 la clínica fue allanada. Entre las cajas de evidencia retiradas del lugar se encontraban el archivo médico de Corey y los registros que indicaban que había visitado a Miller. El verano siguiente, Miller y Pavicic se declararon culpables de conspiración para entregar esteroides a un menor. En 2005, Pavicic comenzó una condena de seis meses en prisión federal. La sentencia de Miller se retrasó porque estaba cooperando en otras investigaciones sobre esteroides y porque tenía una enfermedad hepática. A fines del año pasado recibió una condena de 18 meses por su papel en el dopaje de Corey.

Cuando las autoridades confrontaron a Miller y Pavicic, los dos hombres apuntaron a Jim Gahan. Al principio, Corey se negó a implicar a su padre, pero en diciembre de 2006, después de que se le prohibió volver a competir y con mucha evidencia en contra de Jim, Corey decidió cooperar con los investigadores. Según Anthony Porcelli, el fiscal principal del caso, la cooperación de Corey fue un elemento clave para forzar a que su padre se declarara culpable. El 7 de enero, Jim fue sentenciado por administrar esteroides a su hijo. “Aunque intenté decirle que no hizo nada malo, que simplemente hizo lo que debía hacer, y fue Jim quien se puso en ese lugar, ¿cómo no iba a sentirse [mal]?”, se pregunta la madre de Corey. “A raíz de lo que él dijo, ‘Guau, ahora mi papá está preso”.

Durante una entrevista en la cárcel del condado de Hernando (Florida) en noviembre, Jim sostuvo que la testosterona de Corey era anormalmente baja, lo que daba una justificación médica al uso de drogas para mejorar el rendimiento de su hijo. “Si eres un atleta profesional y te atrapan, tienes tres oportunidades”, dice Jim. “En los deportes aficionados si te atrapan una vez, te dejan fuera dos años. Tu carrera ha terminado. Pero ¿están los chicos dispuestos a correr ese riesgo para llegar al nivel donde se mueven millones de dólares? Lo hacen todos los días”.

Cuando reflexiona un poco más, Jim se arrepiente de lo que hizo: “¿Qué si lo siento? Absolutamente. Cien por ciento. Comenzó como algo inocente y se convirtió en una pesadilla. No es que estuviera tratando de distribuir esteroides a todos los pequeños patinadores, y que él y yo nos estuviéramos enriqueciendo. Solo tratamos de convertirlo en el mejor en su deporte”.

Corey está de regreso en Grandville, donde vive con su madre. Dice que ha pasado más de un año desde que habló por última vez con su padre. Ahora con 18 años y 15 libras menos que cuando tenía 15 años, trabaja en el muelle de carga de una tienda por departamentos. Ya cumplió la suspensión de dos años impuesta por USADA pero no está seguro de volver al patinaje competitivo. Mientras intenta juntar suficiente dinero para irse a vivir solo, hay algo que todavía lo carcome por dentro: cree firmemente que podría haber sido campeón sin la ayuda de las drogas.

De voz suave y reservado, Corey se mueve entre la vergüenza, el arrepentimiento y el asombro cuando reflexiona sobre sus años adolescentes y su experiencia con los esteroides. “Las personas hacen que parezca que estos medicamentos solo mejoran el rendimiento, pero también tienen un gran impacto mental”, dice. “Cuando terminé con eso, estaba hecho un desastre. Cuando los chicos se meten en estas cosas, maldición…”.